El de mi primera vez con Jorge en Encuentros Vip

Las aún doloridas partes de mi cuerpo me impiden olvidar nuestra última noche de salvaje pasión compartida.

Podría decir “no sé cómo Jorge y yo acabamos la noche del sábado (o la empezamos, según como se mire) en un conocido local swinger de la capital”, pero mentiría, sí que lo sé. Yo ya había estado antes, en un par de ocasiones, hace muchísimo, con un hombre que no era Jorge y desde entonces siempre quise ir allí con él.

Yo estaba empeñada en que teníamos que ir juntos, y que lo conociera de primera mano y no solo por lo que yo le contaba; habíamos estado antes en otros sitios, pero nada que ver con éste, así, que entre vinos lo convencí y para allá que nos fuimos. Solo de pensar que era su primera vez en ese local y que venía conmigo ya me hizo sentir ese calor que sabes pronto se convertirá en humedad.

Pasada ya la media noche, dejábamos atrás el bullicioso centro en su moto para adentrarnos en otra de las muchas caras de la noche madrileña. Una que parecía pertenecernos solo a nosotros. El caluroso aire del verano se volvía frío con la velocidad y se filtraba por debajo de mi blusa, enfriaba mi espalda que iba prácticamente al aire y endurecía mis pezones; agarrada a Jorge, la excitación iba en aumento. La ausencia de tráfico por lo avanzado del verano y las vacaciones convertía las calles de Madrid en una desierta alfombra gris que nos guiaba hacia nuestro destino desapareciendo a nuestras espaldas.

Y como todo viaje, aunque sea corto y en moto tiene su fin, llegamos a nuestro destino. Aparcamos y un par de giros por silenciosas calles llegamos a la discoteca. Menos de un segundo transcurre desde que llamas al timbre y se abre la puerta. Ya estábamos allí. Entramos en el local y los últimos grandes éxitos de cualquier clase de Zumba que se precie sonaban a todo volumen haciendo contonearse a las allí presentes ante las atentas y lascivas miradas de sus acompañantes -y no acompañantes-, todas subidas en tacones de vértigo y enfundadas en estrechos vestidos o en lencería fina; otros, un poco más lanzaditos, entre baile y baile se comían alguna que otra cosa, y no me refiero a los bombones, las uvas y demás alimentos dignos de cualquier bacanal que había en la barra.

Antes de mojar nuestro ya incipiente deseo con alguna bebida on the rocks, nos dimos una vuelta por el local, que tal y como está dispuesto parece que te adentras en el túnel del amor… bueno, el de la lujuria. Una sala pequeña con dos camas grandes para compartir con más gente. Un cuarto oscuro. Oscuro. Insisto, oscuro; con un columpio como el de “sex and the city” – y que yo me muero por probar- en medio. No es que lo veas, es que primero te lo llevas por delante y luego aterrizas y entiendes y medio ves lo que es. He de decir, que además de estar oscuro, yo, por lo general, voy sin gafas. Hasta ahí.

Sigo. Una sala -nueva- llena de espejos de esos que te ves repe… la próxima vez tendré que hacer algo ahí. Se me ha quedado la espinita. Y después, el túnel de la lujuria, el camarote y el jacuzzi.

Nuestra ruta acabó en el vestuario. Allí lo dejamos casi todo y nos fuimos a la barra, ahora sí, a tomar una copa. La noche estaba a punto de comenzar. Y tras la copa y un poco de sexy contoneo a ritmo de Ricky Martin, ¿por dónde empezar?

Nos gustó una pequeña sala próxima a la zona de baile a la que accedes un poco laberínticamente con acogedoras camas grandes decoradas con pequeños cojines y donde varias parejas expuestas a los ojos de todos disfrutaban distraídas de sus juegos sexuales.

Aquella excitante visión, bañada de una amarillenta luz tenue y el placentero sonido de los diferentes gemidos nos hizo querer formar parte de aquello. Así, con mis tacones de colores y con una blusa negra sin más sujeción que un lazo en el cuello, que apenas tapaba mis nalgas y cuya asimetría dejaba entrever mis pechos, llevé de la mano a Jorge hasta la cama de la izquierda, la más grande, a la que accedí gateando y contoneando lo más sexy que pude mi parte trasera, es decir, provocando, que de eso se trata.

Coloqué los cojines y descansando mi cabeza sobre ellos, me tumbé boca arriba. El sitio me era más que favorable, porque abrí las piernas haciendo que la izquierda descansara sobre una columna, y la derecha flexionada sobre la cama, dejaba mi sexo muy a la vista, muy expuesto no solo a Jorge, sino a todo aquel que quisiera mirar y participar, lo cual me excitaba muchísimo. Esa situación: Jorge aún de pie ante mí, mirándome con deseo, la gente que entraba en la sala para tan solo mirar y nos miraba, la pareja que apenas a unos centímetros de nosotros disfrutaban el uno del otro, hizo que mi excitación fuera en aumento, mi respiración era cada vez más fuerte y la humedad de mi coño era cada vez mayor, tanto, que no me pude resistir a llevar mis dedos hasta allí para comprobar que era todo agua. Miré lascivamente a Jorge para hacerle ver que ya estaba preparada para él y saqué mis dedos para dejar que me comiera como solo él sabe hacerlo. Cómo me pone de cachonda verle entre mis piernas, devorando mi sexo, lamiendo, succionando; sentir su lengua y sus dedos, hicieron que poco a poco me olvidara de todo; ya no se escuchaba la música ensordecedora, ni los gemidos de la pareja de al lado. Ya solo podía oír los míos, cada vez más fuertes. Cuanto más lamía más era mi placer, tanto, que, en sentido literal, me retorcía sobre la cama; creo que eso animó a la pareja de al lado, porque el tacto de una mano desconocida intentando perderse en mi blusa y buscar mis pechos me hizo volver a la realidad del sitio y a explotar de placer, no podía más, la boca de mi chico en mi coño y las suaves manos de ese extraño en mis tetas hicieron que me corriera por primera vez en ese juego que no hacía más que comenzar.

Extasiada me incorporé buscando la boca de Jorge. Después de comérmelo me encanta besarle mientras me recupero de tanto placer; me gusta besarle porque sabe a sexo, sabe a mí. Mientras le beso busco su polla, no hay nada que desee más que llevármela a la boca. Disfruto lamiéndola, todo el tronco, de arriba abajo, sentir como cada vez se pone más dura, a veces la sujeto con la mano mientras la chupo, pero luego la quiero entera, quiero que me llene la boca, y me la meto entera, mi lengua la lame mientras me la llevo bien al fondo, hasta que casi me ahogo. La saco y la vuelvo a devorar con fuerza, intensamente, y es que me encanta ver cómo gime, como le gusta, puedo correrme solo de verle así, solo de follarme la boca con su polla.

Jorge permanecía tumbado disfrutando de mi felación y disfrutando de la vista que aquella cama redonda le ofrecía, y mientras le comía la polla a cuatro patas, el chico de al lado debió de quedarse con ganas de algo más que mis pechos, y empezó a tocar mis nalgas, suavemente, hasta deslizar sus dedos por mi coño, primero los deslizó y poco a poco fue introduciendo sus dedos en mi vagina, primero uno, luego dos, tres, los metía y los sacaba, primero suavemente y después más enérgico hasta que de pronto, paró. Estaba claro, era el momento de dar el paso y decidir si queríamos compartir más con ellos. Su pareja también empezaba a interesarse por la mía y nos acercamos a ellos.

La chica, que hasta ese momento había cabalgado sobre su pareja y cuyos gemidos me habían excitado a mí, se tumbó boca arriba esperando recibir todo el placer que Jorge pudiera darle. Ver como Jorge le abría las piernas y hundía su cabeza entre ellas, hizo que mis pulsaciones subieran, que mi humedad fuera aún mayor. Me llevé la polla de mi desconocido a la boca; Me gustaba lamerla, chuparla, comérmela entera. Jugué con ella. Me la saqué de la boca y la coloqué entre mis tetas. La froté con ellas y hago algo que me encanta hacer con una polla: darme golpecitos en las tetas con ella, apretarla contra mis pezones, y volverla a chupar. Me encantaba, me hacía sentir sucia, comérsela a un desconocido y ver como Jorge disfrutaba del coño de aquella chica, y lo que es más, ver a esa chica disfrutar de la virtuosa lengua de Jorge.

Mi desconocido sacó la polla de mi boca y me colocó a cuatro patas. Me metió los dedos. Creo que le gustaba la vista de mi culo en esa posición, porque me tuvo así prácticamente todo el rato. Me gustaba estar así, porque en esa posición podía disfrutar también de la chica. Ella también llevaba un top que dejaba ver sus pechos, su excitación había endurecido sus pezones y su vientre subía y bajaba por la fuerte respiración, estaba claro que le gustaba como Jorge le comía el coño. Intuí que estaba a punto de explotar en la boca de mi chico y quise ayudarla, por lo que puse mi mano sobre su vientre, apretando con fuerza para aumentar su placer y no me equivoqué, cada vez gemía más y más fuerte, su primer orgasmo con mi chico estaba cerca. Yo cada vez estaba más excitada con la situación. Su novio disfrutaba de mi coño con sus dedos, cada vez me los metía con más intensidad, con más fuerza, tanto que las oleadas de placer que me venían eran brutales. Vi como Jorge abandonaba el aún palpitante coño de ella y se acercó a su pecho, y yo, guiada por tanto placer me acerqué también al pecho de ella. Empecé a lamerle el pezón, a morderlo, a saborearlo, tenía la piel muy suave, he de decir que sabía muy bien. Me gustaba hacerlo. Durante un rato, allí estábamos Jorge y yo, saboreando el dulce y suave pecho de aquella chica; sus tetas tenían el tamaño perfecto para una mano, para una boca. Ella estaba tan extasiada que mientras mi chico se acercaba a su cara para ofrecerle su polla, la susurré al oído: te gusta lo que te hace mi chico… “sí,” dijo entre gemidos. Sus palabras me excitaron más pero no fue suficiente, tuve que comprobarlo yo misma llevando mis dedos a su coño, me extasió ver lo húmeda que estaba, y me volví a acercar a su oído para decirle: pues chúpasela y acompañada por mí, le dimos un buen lametón a Jorge en la polla y allí la dejé, chupándole la polla, disfrutando el uno del otro, y ya, era tal la fuerza con la que mi desconocido me rompía por dentro con sus dedos, que empecé a chorrear; Él sacó los dedos de mi y me corrí notando como se mojaban mis piernas, como se mojaba todo. Me incorporé para respirar y me preguntó: “¿follais?” y como aquí es todo por unanimidad, ¿“follamos”? pregunté yo, y como la respuesta fue sí, Jorge y yo, por primera vez juntos, follamos con una pareja desconocida.

Mi desconocido volvió a ponerme a cuatro patas, su novia extendió la mano y me acariciaba las tetas; eso debió gustarle mucho a su pareja porque empezó a embestirme cada vez más fuerte. Mis brazos ya no me sujetaban en esa posición por lo que, creo que inconscientemente, me agarre a lo que debía ser un falso cabecero, parecía metal y estaba frío, y él cada vez me follaba más fuerte, y más fuerte. Otra vez perdí la noción de todo, no oía nada, solo mis gemidos cada vez más fuertes, casi gritos… dejaba caer mi cabeza entre mis brazos y la veía a ella gozar de mi chico y a él de ella, y otra vez me vino otra oleada de placer, otro orgasmo intenso, el chico sacó su polla de mi bruscamente y otra vez noté como mis piernas se mojaban; él se tumbó sobre los cojines, y con la polla bien dura todavía me dijo “no he acabado aún” y yo, con el coño palpitando aún y muerta de la excitación, me monté sobre él, y mientras me movía y le sentía bien adentro, desaté el lazo de mi blusa que cayo dejando mis tetas al descubierto. Con ansia las agarró, las lamió, se las llevó a la boca. Mis pezones estaban duros, deseosos de ser lamidos, mordidos. Así lo percibió él también porque se los llevó a la boca, primero con suavidad, los lamía, pero luego los mordía, quería más, ansiosamente volvió a comerme las tetas, a tocarlas, a pellizcar mis pezones. Yo cabalgaba sobre él, me gustaba sentir su polla dentro, moviéndome sobre ella a mi gusto, y cuando estaba a punto de correrme ora vez, me hizo bajar de él y otra vez me colocó a cuatro patas. Me había cambiado de sitio, ya no veía a Jorge disfrutar de aquella chica, sólo sentía a mi desconocido separarme las nalgas y embestirme; la primera, por sorpresa o por brusquedad, pareció partirme, pero las dos siguientes avivaron mi placer. Las fuertes embestidas en mi culo hicieron que nos corriéramos los dos. Él salió de mí y yo, agotada, me dejé caer de placer. Con la mirada busqué a Jorge. Todo había pasado. Los cuatro habíamos disfrutado no se si como nunca, pero seguro sí de otra manera, porque eso es lo bueno del sexo, que siempre es diferente.

Volví a ponerme mi blusa anudada al cuello, y de la mano de Jorge nos fuimos los dos a la barra a besarnos, a reponer sales y a comer bombones. Allí dejamos a nuestra ya no tan desconocida pareja besándose y mirándose cómplices.

Con las pulsaciones más bajas, y con la sonrisa de idiotas y entre besos, fuimos volviendo poco a poco a la realidad; a escuchar la música que la inconsciencia provocada por el placer nos hizo olvidar.

Bebimos, movimos un poco la cadera al ritmo de la música, y de la mano nos volvimos a adentrar en ese túnel de la lujuria. La noche acababa de comenzar.

Lady Cecile de Volanges

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