El de “una noche sex-romántica con Jorge”

Habíamos quedado para tomar algo e ir a Divernis -no necesariamente en ese orden- pero por la mañana, bajo la ducha, se me ocurrió cambiar los planes; No sé por qué, me apetecía preparar algo más especial, diferente y romántico para esa noche.

Lo vi claro, y yendo al trabajo le escribí un mensaje con los nuevos planes y las nuevas coordenadas: cenita en mi casa. Nos faltaba el spa, la sauna y todo el palacio del agua, pero bueno, traté de recrear un ambiente sexy y relajante, inspirado en una de las salas que nos gusta mucho de Divernis, y que yo he bautizado como “sala oriental” porque siempre suena una música erótica tipo oriental y las camas están decoradas con pequeños cojines que recuerdan a los que venden en los Zocos; Las celosías, la luz tenue… si me dejaran, más toque oriental le daba yo a la habitación esa.

Lo que os decía, que siempre me voy del tema. Traté de recrear un ambiente relajado y sexy y para ello elegí el salón. No por nada, es porque era eso o la habitación, no hay mucho donde elegir que una no vive en el Palacio de Liria…y lo dejé todo preparado por la tarde.

Elegí el sofá para convertirlo en nuestra “cama oriental”. Son de esos que bajas el respaldo y se convierte en cama. Lo cubrí con una sábana blanca. Saqué toda la artillería pesada: cojines y almohadas, y dispuse unos pocos sobre la cama. El resto, los dejé por el suelo junto con unos cuantos pareos de colores, de esos que parecen una toalla de grandes que son, por si nos apetecía retozar en el suelo, como en las pelis -pero sin chimenea-. Y estarás pensando, pues si que tiene mucho de oriental… ya, es más rollo chill que otra cosa, pero a ver, que una no tiene el atrezzo de “La Metro” …

En la mesita baja, cerca, todo muy a mano, que nunca se sabe lo que puedes necesitar, había de todo un poco: aceite de masaje, lubricante de sabores, gel frío, gel de calor, un antifaz.

Dejé preparado, para encenderlo llegado el momento, un caminito de velas y una varilla de incienso, que no soy muy dada a ello porque me da dolor de cabeza pero este lo compré en Amantis y huele… uhmmmm vamos, que te mete en ambiente, ya me entendéis.

Todo estaba a punto. En el frigo dejé preparada una ensalada con un montón de cosas, listo para aliñarla a la hora de tomarla, y algo de queso.

Me duché, y me preparé para la ocasión. Me maquillé y me dejé el pelo suelto. Me eché por el cuerpo una crema de Dove irisada, muy muy suave, “piel sedosa que dicen”, y me puse un tanga negro de raso. Esta vez, no usé el sujetador sino que me puse uno de esos adornos que decoran el pecho. Estos eran negros y apenas disimulaban el pezón, porque eran caladitos y no cubrían apenas nada. Parecía un dibujo sobre la piel. Me puse unas botas altas, negras, de tacón de aguja y una americana. En el cuello un pequeño collar de cristalitos, brillante, tipo Swarovski. Unas gotas de Armani para completar el look. Perfecto.

Sonó un mensaje en mi móvil. -Llego en diez minutos.

Fue el tiempo suficiente para encender las velas, el incienso, descorchar una botella de vino tinto, coger dos copas y preparar un bol con fresas y otro con onzas de chocolate puro. Y poner música, por supuesto.

Por fin llegó.

Lo dejé respirar, porque vivo unos cuantos pisos sin ascensor -es lo que tiene vivir en el centro- y me acerqué para besarle. Estaba guapísimo, como siempre. Sus vaqueros pitillo, su camisa… ¡ideal!

– Estás guapo. – ¿Un vinito?

-Sí, pero creo que nos vamos a saltar la cena… No puedes recibirme así y esperar que me siente a cenar.

Le serví una copa de vino mientras se quitaba el abrigo, y nos sentamos en las sillas de la mesa grande, uno frente al otro, a disfrutar del vino, el chocolate, y las fresas.  

Entre besos y caricias parecía que nos queríamos contar todo, pero solo nos hablábamos con la mirada, con el tacto de nuestras caricias; Cada vez sentíamos más deseo el uno por el otro. Mi mano jugaba con la suya, nos besábamos, bebíamos vino, entre risas nos dábamos a comer las fresas y el chocolate, alguna que otra mordidita sin querer… empezó a acariciar mis piernas, suavemente, de manera delicada… y poco a poco subió hasta mi entrepierna. Mi diminuto tanga parecía perderse en la humedad de mi coño, con sus dedos. Separé las piernas y me dejé hacer. Me corrí con sus dedos.

Le di la mano y lo puse en pie. Le quité la ropa y cuando me agaché para quitarle los vaqueros y los calzoncillos, me encantó ver su erección.

-Túmbate en el tatami este improvisado, le dije entre risas… Cogí de la mesa en antifaz y me puse a horcajadas sobre él. Le coloqué el antifaz. Era negro, de cuero, tenía aberturas en los ojos con la opción de dejarlos tapados o abiertos. Los dejé cerrados.

-Ahora me toca a mí. Tú, disfruta.

Me alejé solo unos segundos para acercar las fresas y traer un pequeño bol con hielo. Lo dejé en la mesita y me senté junto a él. Comencé a acariciarle el cuerpo, suavecito, con las yemas de los dedos. Agarré su polla con la mano y me la llevé a la boca. Jugué un poquito con ella. Pero quería excitarle más, volverlo loco, y empecé a jugar con sus sentidos. Os recuerdo que no veía.

Le besé suavemente en los labios y empecé a darle a probar otras cosas. Primero mi pecho. Le dejé jugar con mi pezón. Que lo mordiera, que lo degustara. Le di a probar el sabor de mi coño a través de mis dedos.

Después de jugar con él, y darle a probar diferentes partes de mi cuerpo, decidí centrarme en su polla. No se quién de los dos lo deseaba más. Sin metérmela en la boca, la recorrí con la punta de mi lengua primero, con la punta de mis dedos, y con una fresa después. Al principio, sujetaba la fresa con los dedos y recorría su polla con ella, pero luego la sujetaba con los labios y hacía lo mismo.

Cada vez estaba más excitado; el carecer de visión, y las sensaciones nuevas -sabes que no te está tocando una lengua, ni un dedo, pero no eres capaz de adivinar qué es; Es agradable, pero extraño- hacen que la excitación vaya en aumento.

Enseguida cambié las fresas por el hielo. Cogí un cubito de hielo y se lo pasé suavemente por la polla. Ese factor sorpresa fue total. Le arranqué uno de sus mejores gemidos. Me lo llevé a la boca; al principio lo sujeté con los dientes, acariciándole la polla con él, pero el calor hacía que el hielo redujera su tamaño y me lo metí en la boca, dejándolo descansar sobre la lengua. Ahora sí me metí su polla en la boca. Lo volví loco de placer durante un ratito, no quería que se corriera, quería que me follara.  

Me senté sobre él, pero sin meterme la polla. Nos besamos. Cogí un cubito de hielo y le quité el antifaz para que disfrutara de las vistas. Me los pasé por los pezones. Sus ojos eran de auténtico deseo. Cogí otro cubito. Froté mis pezones que cada vez estaban más duros. El frío del hielo me quemaba, pero me excitaba. El agua resbalaba fría por mi cuerpo. Jorge se incorporó y empezó a lamerme con fuerza, a morder los pezones. Estaban super duros por el frío y la excitación. Cuando se cansó de ellos, me tumbó boca arriba y me separó las piernas. Pensé que me iba a follar, yo al menos así lo deseaba, pero empezó a comerme el coño. No sé si es que íbamos sobrados de excitación y de morbo, de deseo, que me lo comió como nunca. Yo pensé que me desmayaba de placer, tanto es así que consiguió que me corriera dos veces seguidas.

Cuando apartó su cara de mi coño, me reincorporé y me tumbé de lado. Me coloqué para él porque sé que le gusta follarme así. Detrás de mí, me levanta una pierna y me penetra. La siento bien, bien dura y me gusta muchísimo. Voy sobrada de humedad y de excitación y a pesar de que acabo de correrme dos veces seguidas con su lengua, a las pocas embestidas me viene un orgasmo riquísimo. Cada vez me embiste más fuerte, está a punto y yo le dejo mi coño para que se lo folle y se corra.

Fue sin duda un polvo fantástico. Una experiencia buenísima que acabó con otra botella de vino y una cena ligera.

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