El de… sexo como adolescentes

Hay canciones que se convierten en personas. Try de Pink eres tú. Siempre que la escucho retrocedo en el tiempo a esas primeras clases de spinning contigo. Yo estaba empezando y temía caerme de la bici y matarme, no podía pedalear a esa velocidad ocho arriba – ocho abajo- dieciséis arriba – dieciséis abajo…. Retrocedo a esos meses de tonteo cual adolescentes de instituto, a esas conversaciones a deshoras y a esos mensajes subiditos de tono típicos de… bueno, de todo el que tenga un teléfono móvil y una aplicación para chatear, y como no, retrocedo a aquella noche de verano de uno de esos pocos años que, sin querer, pasé en casa de mis padres, y que al final -por muchas otras cosas- resultaron ser maravillosos.

Ni siquiera se si te mereces que te dedique este relato, pero bueno, lo que sentí esos meses que culminaron en aquella noche de verano en la que, como se hacía “en los viejos tiempos”, nos lo dimos todo en la parte trasera de un coche en uno de esos “picaderos de extrarradio”, no olvidaré nunca. Y no lo olvidaré, entre otras cosas, porque en contadas ocasiones me he sentido tan viva, y mucho menos, a una edad en la que uno cree estar de vuelta de todo y, sobre todo sin imaginarse que puedes volver a ponerte nerviosa por querer ver a alguien, eso que te sucedía con los primeros amores y que nos hacían creer que eran mariposas en el estómago.

Pues pasan.

Además de una situación personal devastadora, llevaba encima una breve relación, con alguien maravilloso como persona, pero sexualmente… totalmente incompatibles. De depresión. Eso tampoco creí que pudiera pasar. Pero pasa. Un horror. Pasé días, semanas, incluso meses, sin lívido. Sin ganas de nada que tuviera que ver con el sexo. Ni de usar el vibrador, ¡oiga! Pensaba en, si alguna vez volvería a tener ganas de sexo.

Pero un buen día…. (me ha salido una frase de cuento), esperando para entrar en clase de ZUMBA, tus gritos ensordecedores de ánimo, la música a tope, me hicieron retroceder sobre mis pasos y pararme ante tu clase. Los cristales empañados apenas me dejaban verte. La gente esperaba para la siguiente clase, y yo me quedé detrás, entre ellos, observándote, ¡sintiendo! Todavía puedo recordarte, parado de pie en la bici, nunca supe como podías mantener el equilibrio, los brazos en cruz. Tus piernas tatuadas, sudoroso.  “Aprietaaaaaaaaaaaaaaaa” gritabas a modo de orden a tu exhausto equipo, quienes te lo daban todo en los últimos minutos. Te lo daban todo. Como yo te lo di después.

Me quedé pillada. Te quería. Todas y cada una de las partes de mi cuerpo volvían a su ser y te deseaban. El Kamasutra entero pasó por mi mente. Pensamientos como “te voy a lamer el tatuaje hasta que te lo borre” fue el primero de muchos que tuve contigo.

Y así empezó todo.

Yo, apuntada a clase de spinning con “mis niñas” al lado, aguantándome la tontería, porque era verte y love is in the air… Me ponía mala de deseo. No se me encogía tanto el estómago por los nervios desde selectividad. Lo mejor de la clase era verte llegar, con esa chulería que era para partirte la cara, pero que a mi me mataba; “¿qué queréis hacer hoy?, Decías. Yo pensaba: “follarte hasta morir”.  Miradas cómplices y furtivas. Miradas que recordaban los miles de mensajes guarros que nos habíamos estado escribiendo, en el más absoluto de los secretos (bueno, menos para la tribu urbana, que con ellas no hay secretos).

Hasta que una noche, tras cenar en casa de unos amigos, pensé: esta es la gran noche, como la de Raphael… Pero como otras tantas veces, tu comportamiento se escaba a mi razón, y te fuiste. ¿Ibas a dejar pasar otra vez la oportunidad de poner en práctica todas esas cosas que ya nos habíamos dicho, con las que nos habíamos puesto a mil? Con las que nos habíamos tocado. No entendía nada, y así te lo hice saber.

Llegué a casa sigilosa porque estaba en casa de mis padres, dormían, y no era cuestión de entrar como un elefante en una cacharrería. Sin soltar el teléfono, me senté en la cama

-¿Por qué cojones te vas? ¿Nos vamos a quedar otra vez con el calentón?

-Tengo cosas que hacer. Dijiste. -¿A las 3 de la mañana?

-¿Qué hubiera pasado? Me dijiste empezando una conversación que ya se presentaba caliente.

-No vayas por ahí. Físico no, pero mensajitos sí.

-Te estás tocando. Le dije que no, pero mentía… Si yo me tocaba todos los días desde el primer día que le vi, sin excepción. Nadie me había puesto nunca tan cachonda.

Si quieres sexo, vienes a buscarme a casa.

-No me digas eso que voy

-Si te lo estoy diciendo. ¿Qué eres, tonto?

-Pues voy

Se acabaron los mensajes…

-Oye: ¿vienes, o qué?

-Estoy llegando. Baja.

Me levanté de la cama. Sigilosa. Ya sabéis, todos dormían… Cerré todo lo despacio que me dejaron los nervios. Bajé la escalera creyendo que vomitaba de los nervios. El silencio era ensordecedor: ciudad pequeña, las 4 de la mañana… Yo solo oía los latidos de mi corazón.

Giré la cabeza y vi su coche entrar en mi calle. No se si caminé hacia su coche o fui levitando.

Me monté en el coche y te miré. El corazón me iba a mil. Los nervios, la excitación. Tu mirada, esa chulería que siempre llevas encima, ese lobo con piel de cordero. Mis bragas mojadas, no, lo siguiente.

Arrancaste, porque eres tan hijo de puta que no me dejaste ni que te besara. Estaba claro: tu ibas a marcar los tiempos. Yo iba a volverte loco. Bueno, cada uno a nuestra manera volvió loco al otro.

-¿Te has tocado? Decía mientras me miraba con más lujuria y lascivia que he visto jamás. No. Le dije mirándole a los ojos, – y mira para adelante que nos vamos a estrellar.

-Déjame oler tus dedos. Dejé que cogiera mi mano. Olió mis dedos. Ahí estaba la prueba del delito. Me eché a reír. -Huelen bien, dijo. -Saben mejor, le dije.

-¿Quieres que te toque yo? Me dijo mientras me levantaba el vestido con la mano. Entre la excitación y el miedo a estrellarnos, pensé que me daba un ataque.

Sus dedos llegaron a mi coño. -Joder como estás, me dijo. Yo sonreí mordiéndome el labio, porque ni hablar podía.

 -Para en el primer picadero de extrarradio que veas, porque a tu casa no llegamos, y ya que me haces sentir como una adolescente, pues hagamos cosas de adolescente y follemos en el coche.

Me fue tocando hasta que paramos. Yo le miraba mientras lo hacía. De vez en cuando dejaba de mirar la carretera y me miraba a mí, sonreía… Yo iba en la gloria bendita.

Llegamos. Paramos. Y me abalancé sobre él. Nos besamos, nos mordimos. Qué bien olía, qué bien sabía! No quería dejar de besarle. Me acariciaba el pelo. Cierra los ojos, me dijo. Estate quieta. Y se acercó mucho a mi cuello. Podía sentir su aliento, su respiración. -Voy a hacer que te estremezcas sin tocarte, solo con un beso diferente, sin apenas rozarte… Y juro que no se como lo hizo, porque cerré los ojos, no me moví, no sentía sus manos, no me tocaba, solo lo sentía a él en mi cuello. El roce de sus labios, ¿de su nariz tal vez? No se cómo lo hacía, pero consiguió que me estremeciera, que se me pusiera la piel de gallina, que me excitara muchísimo más… Lo recuerdo mientras escribo esto y me estremezco. Volvería a estar con él solo para sentir eso, para que hiciera eso. Me da igual todo lo demás. No cambio ese momento por nada.

Nos pasamos a la parte de atrás.

Me quité el vestido, el sujetador y las bragas a la velocidad de la luz. Me senté sobre él. Me encantó sentir su polla dura. Nos besamos. Me besó el lunar que tengo sobre mi pecho derecho y eso ya fue su perdición. Dejé que me tocara, que me besara, que me acariciara, que jugara con mis pezones. Podía sentir como le mojaba con mi humedad. Bajó su mano hacia mi coño, y jugó con mi clítoris; Estaba tan caliente que no hacía falta más. Me corrí enseguida.

Me bajé de él para poder besar y lamer cada uno de sus tatuajes, como así lo deseé el primer día que le vi pegando gritos en la bici.  Me lancé a su polla, pues no tenía yo ganas de ella ni nada…, estuve un buen rato chupándosela, saboreándola, pero yo lo que quería era tenerle dentro de mí.

-Follemos. Le dije.

-¿Ya? -Sí, no puedo más… Quiero follarte. Quiero que me folles.

Y tras intentar alguna que otra postura -los coches ya se sabe- me senté sobre él. Ahora sí que sentía bien su polla. Ahora yo llevaba el ritmo. Yo tenía el control. Me volvía loca. Me gustaba perderme en sus ojos, mirarle a los ojos mientras follábamos.

Nos corrimos. Y yo grité más que él cuando pega gritos en la bici, y ya es decir…

No quería que saliera de mí. Me abracé a él. Volvió a hacerme eso en el cuello. Me volví a estremecer.

-Nunca he estado con una mujer como tú.

-Yo nunca he estado con alguien que me haya puesto tan nerviosa y tan a mil., que me haya hecho temblar sin tocarme. Y no me mires así. Conduce.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s