El de… me comieron el coño en un baño público

El verano daba sus últimos coletazos.

Me puse un vestido azul clarito, corto, sencillo, no tenía nada el vestido, algo de escote, pero son de esos vestidos que te los pones y realzan todas tus curvas de tal manera que llegas a pensar: “a ver si hasta voy a estar cañón y todo”. Elegí unas sandalias plateadas y unos pendientes algo llamativos. Me ricé la melena y sin más, a eso de las 22h me fui a verlo actuar a un local de Vallecas.

Disfruté mucho del show, la verdad. Cuando acabó, espere a que saludara a todo el mundo y nos fuimos junto con otros cómicos a un bar de copas de Vallecas donde ellos solían ir cuando actuaban por la zona.

Ahí iba yo, con mi vestidito. Mi acompañante, con melena negra rizada, barba, una manicura negra impecable. Ropa negra. Lógico. El resto de la panda, similar. El local, de lo más variado. Yo, entre todos ellos, os podéis imaginar: ¡”Donatello entre las Fauves”! En cualquier caso, una música y un ambiente genial.

Empezamos a enrollarnos allí. Sus besos dulces y sus manos, muy suaves… Una voz de lo más sensual. Todo ello contrastaba bastante con su aspecto heavy.

Mientras nos besábamos, bien apretaditos, íbamos dando pequeños pasos, alejándonos poco a poco del grupo, buscando un poco de intimidad, si es que se puede buscar intimidad en un bar. Nos hicimos un hueco donde pudimos. Seguíamos besándonos, y él empezó a acariciarme la pierna. Sus besos me gustaban. Poco a poco me iba poniendo a tono. Mientras me besaba, empezó a acariciarme la pierna. Sus caricias me gustaban; No quería que parara pero de vez en cuando me venía la lucidez y recordaba donde estaba, en un bar, rodeados de gente. Empezaba ese sentimiento contradictorio de querer que subiera la mano, que me acariciara aunque fuera por encima de las bragas, y a su vez, la necesidad de decirle que parara, que no era el lugar…

Pero mientras pensaba y pensaba, sus caricias llegaban cada vez más arriba. Sus dedos tocaban ya mis húmedas bragas.

– ¡Cómo estás! Me dijo. Vete al baño y espérame. Me susurró al oído.

Me hubiera encantado decirle ¿te has vuelto loco? pero creo que el verano de sexo tan excitante que había tenido -no se si inconscientemente para celebrar que dejaba la treintena, y el haber subido ya al piso 4, me perturbó la cabeza- y el calentón que llevaba encima, hizo que le mirara con ojos de: tus deseos órdenes, y, copa en mano me fui al lavabo.

Ni tiempo me dio de autocriticarme -“que estás haciendo”- cuando golpearon suavemente la puerta.

Abrí, y rápidamente pasó y cerró la puerta. Echó el pestillo.

Me subió el vestido hasta la cintura, y mirándome fijamente empezó a tocarme el coño. Primero, encima de las bragas y poco a poco sus dedos se fueron abriendo paso. Solté un gemido de placer cuando sentí sus dedos en mi vagina. Con sus dedos dentro de mí, y su mirada clavada en la mía, me saqué el vestido por la cabeza y lo colgué del pomo de la puerta.

La mirada bajó de mis ojos a mis tetas. Me desabroché el sujetador, era uno de esos que se abrochan en el canalillo, no a la espalda, por lo que en un rápido movimiento que casi ni se esperaba, mis tetas quedaron expuestas para él. Empezó a besarlas, a lamerlas, a morder mis pezones… Me di cuenta entre gemidos, que alguien hablaba fuera. Fijo que ya se estaba formando cola para entrar al baño, pero me daba igual.

El mordía mis pezones mientras sus dedos entraban y salían de mi vagina, jugaban con mi clítoris. Mi respiración era cada vez más fuerte.  

Golpearon la puerta. – ¡Está ocupado! gritó él. Me tapó la boca con la mano pero no dejaba de frotar mi coño. A mi es que me daba todo igual. Estaba muerta de placer, entre sus manos y el morbo de la situación, el orgasmo estaba cerca. No me importaba correrme ya, pero quería más. No os voy a engañar. No quería irme sin que me comiera el coño. No hay nada como sentir una lengua en tu coño y este tío besaba de puta madre, y tocaba de puta madre. Estaba claro que el final no podía ser malo. Le retiré de la mano de mi boca. -Cómeme el coño. Le dije.

Dicho y hecho. Se agachó, me sacó las bragas y metió su cabeza entre mis piernas. Pude sentir como su lengua lamía todo mi coño, cómo buscaba mi clítoris, mi vagina. Su lengua entraba y salía de ella, lo lamía todo, llegaba a mi clítoris, lo succionaba.

Yo cada vez sentía más calor. Mi coño ardía de placer. Ese tío lo hacía de puta madre. Me llevé los dedos a mis duros pezones y los pellizqué durante unos segundos. Noté como llegaba el primer orgasmo, suave. Llevé entonces mis manos a su cabeza y supo lo que quería. Empezó a succionar más, a lamer más, sentía como mi clítoris se expandía de placer, mis gemidos lo estaban diciendo todo. Toda su boca devoraba mi coño. Por fin ese orgasmo fuerte que te hace gritar, esa maravillosa sensación de que te vacías, de que echas todo el líquido que tienes dentro. Me estaba corriendo en su boca. Se lo estaba bebiendo todo.

Sacó su cabeza de mis piernas, me miró. Nos sonreíamos pícaramente. Tenía la boca brillante, mojada. Tenía los restos de mí en su boca. Le besé. Sabía a mí.

Mientras me abrochaba el sujetador y me ponía el vestido, le dije:

-Vamos a otro sitio.

Guardé mis mojadas bragas en el bolso y salimos del baño. Para que contaros el careto de la gente. Me importaba un pimiento.

Él salía con la polla dura y yo deseando comérsela. Nos fuimos a la calle.

– ¿Dónde vamos? Dijo, mientras se encendía un cigarro.

-No sé, dije yo. Pero ahí hay un parque… Y eso, os lo cuento otro día.

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