El de la (sado) mazmorra

No sé ni por dónde empezar.

Hace unos días Eduardo y yo fuimos a una mazmorra. Una mazmorra BDSM, digo. Lo de la cruz de San Andrés en un club swinger se queda en agua de borrajas. Perdonadme los que leáis esto y seáis asiduos de las mazmorras y de las prácticas bdsm, si mi alucine y entusiasmo os parece “pueril”, pero para mí todo esto es nuevo, y por lo tanto, alucinante.  No dejo de pensar en ello, de sonreír cuando lo recuerdo, y de reírme un poco de mí misma, porque si me hubieran grabado, mi cara sería la misma que la de Paco Martínez Soria cuando llegó a la gran ciudad, con su boina bien puesta y sus cosicas; Plantada en medio de la mazmorra sin saber para donde mirar, intentando reconocer los “objetos” que allí había.

¿Esto qué es? Y ¿Esto para qué sirve? Fueron las frases de la noche.

¡Pero esperad! Que no os he contado lo mejor!!! El acceso a la mazmorra. Madre mía, ¡MADRE MÍA! Había quedado allí directamente con Eduardo. Íbamos después del trabajo, por lo que era más fácil ir allí directamente. Y no os lo voy a negar: iba un poco atacada de los nervios, porque a mí, todo lo nuevo, me pone nerviosilla… qué lo voy a hacer.

Llegué al número tal de la calle cual y pensé: “¿dónde está el sitio?”. Hasta que llegó Eduardo, yo pensaba “habrá que entrar en el portal y será un piso, o un sótano…”

Bueno, llegó Eduardo, y me dice – Es aquí. Señalando una puerta de medio metro mal medido a escasísimos metros del portal del edificio. Digo -Pero el qué. ¿La puerta esa diminuta? Dice sí. Como os digo: Cuando la ama de la mazmorra nos abrió la puerta, yo no sabía si entraba al imaginarium, o me iba a caer al vacío como Alicia (la del país de las maravillas…). “Cuidado con la cabeza”, dice la chica. Digo, bueno, con la cabeza y con todo… que yo aquí con el taconazo que llevo, lo mismo me escoño y ya no hace falta más…

Por fin dentro. Una especie de hall, la chica nos dice cuatro cosas y se pira. Así, tal cual. Ahora sí que sí. Entramos en la mazmorra. Una puerta de madera de esas que parecen de castillo… Se cierra la puerta. Estamos dentro. La madre que me parió. Lo estoy flipando.

Plantada a la entrada de la mazmorra, mientras me quito el abrigo que dejo caer, o bueno tiro por ahí, empiezo a hacer una radiografía de todo lo que veo: una camilla ¿de masajes? Un ganchito del que colgaban diferentes tipos de látigos y “similares”; Una cruz de san Andrés, algo así que parece el potro de la clase de gimnasia del cole, pero ríete tu del potro que este tiene esposas para atarte los pies y las manos (en serio, hay que entrenar porque si no…); algo así que parecía un paragüero pero no con paraguas, sino con un buen surtido de fustas. Una cajita muy mona de madera con unas cuantas cuerdas de diferentes colores, otra con pinzas, todo perfectamente colocado, una cama en la que también te pueden / puedes atar de pies y manos, con espejo en el techo para que lo veas todo bien y lo flipes. Candelabros con velas (porque también se puede jugar con ellas… pero yo todavía no estoy en ese nivel). Una super ducha de hidromasaje que parece un baño turco y que…¡sí! También tiene para que te aten. Un sofá, éste normal, para que te tomes una cervecita y unos bombones tranquilamente, entre azote y azote, y luego dos “juguetitos más”, a ver como lo explico… Uno que parece un sillón “raro” y otro que parece una guillotina. Ya le dije a Eduardo: “esto para cuando suba de nivel…” Que el está en primera división pero yo estoy en tercera regional.

También había un mueblecito con un varios zapatos de tacón, de diferentes modelos y colores… oye… que te pilla que has ido con las planas, pues mira, ya tienes tacones ahí! Y cajas con un montón de esposas de diferentes tipos (no estaban las de policía o sex-shop barato, eso no…), antifaces, cadenas, pesas, consoladores… cajitas que escondían pequeñas cadenitas con pequeñas pesas para enganchar de otras, y es que en este mundo del bondage todo lo que puedas enganchar lo puedes a su vez volver a enganchar de otro sitio, y así sucesivamente, porque todo se regula, la altura, el “no se qué”… en fin! ¡Todo un mundo por descubrir!

Eduardo me fue explicando para que servía cada cosa, como había que usarlo, ya os digo… yo solo sabía decir ¿Qué es esto? ¿Para qué sirve? Y luego resoplar alucinada… y excitada… no nos vamos a engañar.

Yo ya había hecho mis pinitos con Eduardo, que ya me ha viciado a los azotes, algún día me ha atado las manos, hemos usado las pinzas esas con cadenita para los pezones (también os pido disculpas por no saberme los nombres técnicos de las cosas…) que me regaló por mi cumple -es que tengo muchas cosas que contaros…- , me ha atado a la cruz de san Andrés… en fin, pequeñas cosas que suponen un gran paso para mí. Pero esto no… la mazmorra es otro nivel. No es lo mismo los azotes en tu casa, que los azotes ahí. No es lo mismo ver los vestidos del zara en la web, que ir a serrano y probártelos. Pues eso. No es lo mismo.  

Aclarado para que servía todo, el deseo y la lujuria ya se iba apoderando de nosotros, y empezamos a besarnos. Estábamos de pie, junto a unas cadenas que colgaban del techo.

-¿Preparada para ser castigada? -Sí. Le dije.

Eduardo se agachó a coger unas esposas y las enganchó de esas cadenas. Reguló la altura para poder atarme a ellas y eso hizo. Ahí estaba yo, con las manos en alto, esposada a esas cadenas, con toda la mazmorra ante mis ojos. No me había desnudado. Tenía puesto un vestido negro muy sexy y unas botas altas con un tacón muy alto. Eduardo empezó a besarme, a tocarme por encima del vestido. Se alejó para coger algo. No pude ver bien lo que era; Habíamos bajado la luz y era muy, muy tenue. Yo creo que era un látigo, o una versión de un látigo.

-Dime una palabra para que pare. Me dijo al oído antes de empezar a azotarme. -Rojo. Contesté.

Empecé a sentir que me azotaba con ello, por encima del vestido. El culo, la espalda, la cintura. A veces los azotes eran muy suaves, otras veces un poquito más fuertes. Picaba. Pero no dolía. Me excitaba muchísimo. Mi respiración iba un poco a mil. Los nervios, lo desconocido, ¿tendría que decirle rojo?, me excitaba el sitio, el verme así. Eduardo se colocó frente a mi y metió sus dedos en mi coño. -Me encanta que estés tan mojada. Fíjate cómo estás ya… Frotó mi coño y se llevó los dedos a la boca. -Me gusta como sabes. Mira. Y me frotó el coño otra vez, esta vez para meterme los dedos en la boca. Le lamí los dedos y me saboreé. Volvió a colocarse detrás de mi y me subió el vestido. Un par de azotes y me quitó las esposas.

-Quítate el vestido.

Me quité el vestido y me quedé con la lencería de encaje, las medias de liguero y las botas de tacón. Eduardo abrió una cerveza a la que dimos unos sorbos. Dimos un paseíto por la mazmorra, a ver si descubríamos algo más, y Eduardo encontró un collar muy propio. Era negro, de cuero, y colgaban un montón de cadenitas. Me lo puso.

Yo me había llevado de casa las pinzas para los pezones que Eduardo me había regalado por mi cumple. En realidad, es una cadena plateada con una pincita a cada lado, que tu ajustas según tu “grado de dolor”, vamos, según la presión que aguantes. Mola, porque si subes esa cadena, o la mueves, o tiras de ella, los pezones lo notan y te puede excitar, o doler, o las dos cosas.

Las saqué del bolso. Eduardo me las colocó con el mismo cuidado con el que siempre lo hace. Pero dio un paso más; Esta vez, utilizó una pequeña cadena con una mini pesa que encontramos en una de esas cajitas de “cachivaches” y la enganchó a la cadena de mis pinzas. Eso hacía que la pesa tirara de la cadena, y por lo tanto, mis pezones sintieran más el pellizco. Un leve y excitante dolor.

Me puso frente al espejo. -Mírate. Me dijo. Y sinceramente, me encantó verme así.

Me llevó de la mano otra vez a nuestro punto de partida. A las cadenas. Al caminar, la fría pesa golpeaba mi ombligo. Mis pezones estaban cada vez más duros y excitados por la presión.

Dimos un sorbo más a la cerveza. -Quítate las bragas. Me las quité de la manera más sexy y provocativa que pude, de espaldas a él, saqué el culo y me las fui bajando, hasta dejarlas caer sobre mis botas.

Me volvió a esposar a las cadenas. Mis pezones seguían pellizcados por las pinzas. Empezó a besarme, jugaba un poquito de la cadena, me lamía los pezones. -¿Con qué quieres que te pegue ahora? – Con la fusta, le dije. Volvió con una fusta. -¿Dónde quieres que te pegue? Decía mientras se movía alrededor de mí. Es esa incertidumbre de no saber si te va a azotar, o qué va a hacer, lo que me enciende. -En el coño, contesté. Empezó a rozarme con el mango de la fusta, que era de metal y estaba algo frío, lo cual resultaba muy agradable. Me rozaba los muslos, las piernas, giraba sobre mí y me rozaba con ella, me daba algún azote. Se colocó frente a mi y empezó a acariciarme el coño con la fusta, qué gustazo…. Después azotó mi coño con ella. No os voy a mentir si digo que no me gustaba. Me encantaba el ruido que hacía la fusta al chochar con mi chorreante coño. -¿Así, puta? Me decía él. -Sí, le decía yo con esfuerzo, porque no es que pudiera hablar mucho… Creo que estuve a punto de correrme.

Pero a Eduardo se le ocurrió algo mejor… y dio un paso más. Dejó de lado la fusta y me quitó las pinzas de los pezones. Me separó las piernas y me las puso en los labios del coño. Os recuerdo que había una pesita que tiraba de ellas, ¿verdad? Pues lo mejor era no moverse… Mi cabeza, y todos mis sentidos, estaban focalizados en mi coño. Eduardo me dejó así y se fue a buscar algo. Para mi todo eran sorpresas, porque él no decía lo que iba a hacer. Vino con una vara de metal, más o menos pequeña. Yo empezaba a flipar porque pensaba “para que cojones es eso”. Entre pensamiento y pensamiento, las pinzas y la pesa presionando mis labios. Un placer exquisito. Eduardo cogió otras esposas de la caja y se agachó. Me separó las piernas, ajustó la vara de metal, enganchó las esposas a ella y éstas a mis tobillos. Ya estaba atada de pies y de manos.

No podía cerrar las piernas.

Eduardo me besó y empezó a jugar con mis pezones, que seguían super duros y excitados, no solo por todo la situación y los juegos, sino por la presión de haber tenido tanto rato las pinzas puestas.

Tiraba de la cadenita y mi coño parecía estar a punto de reventar. Yo empezaba a gemir o medio gritar, no se… Eduardo empezó a tocarme el clítoris. Yo me movía de placer, pero cuanto más me movía, más me tiraba la cadenita con la pesa, y por lo tanto, más me pellizcaba los labios. Mi coño era toda una fiesta. Lo sentía chorrear. Eduardo me besaba. Me masturbaba. Las pinzas apretando, la pesa se movía y tiraba de la cadena… ¡Dios! Yo tenía los ojos abiertos pero no veía nada. Me cegaba el placer.

Tenía un calor exagerado. Estaba sintiendo un orgasmo cuando Eduardo paró. Sentía mi coño palpitar a lo bestia. Aproveché para coger un poco de aire. Se alejó de mi para volver con unas pinzas de madera -sí, las que estás pensando, de tender- y probó hasta que dio con la que mejor les iba a mis pezones. Un sutil pellizco y mis pezones sobresalían de la pinza.

Eduardo empezó a dar vueltas sobre mí. -Tienes un culo para azotar, lo sabes, ¿verdad? Y me azotaba. Con cada azote yo me movía, como un saco de boxeo, pero cada movimiento todo presionaba más y más. Y de repente, yo ya no veía y solo sentía que todo era una espiral de dolor y placer, de placer y dolor, de querer más y de querer parar, y de querer más otra vez, de gemir, de gemir mucho, de gritar muchísimo, de querer ser su puta, de estar para él. Azotes, besos, lametones, mordisquitos, y jugar con mi coño mientras la pesa tiraba de la cadena. Sentía chorrear mi coño, me corría, me moría de calor, de dolor, de placer. -Quítamelo, le dije. Quítamelo. Ni rojo ni hostias, yo no me acordaba de eso ya. No podía pensar. Rápidamente me quitó las pinzas de los pezones, con muchísimo cuidado. Me besó, me lamió los pezones. Y después me quitó las pinzas del coño. Respiré. Me liberó las manos, y luego los pies.

Me besó. Me besó mucho. No aguantes tanto. Yo me reía nerviosa, entre gemidos y suspiros. Estaba flipando. – Bebe algo, que tienes que descansar, me dijo. Me llevó de la mano al sofá y nos sentamos a tomar algo y a comer bombones. Pero os juro que yo estaba encendida. Mientras hablábamos, yo jugaba con su polla. Empezamos a acariciarnos otra vez. Yo es que seguía empapada… Me coloqué en el sofá de tal manera que pudiera comerle la polla y que el pudiera jugar con mi culo, meterme los dedos. La excitación iba otra vez en aumento y yo estaba como insaciable. Creo que el sitio se había apoderado de mí. Eduardo me tocaba y me tocaba y yo cada vez quería más, pero mi postura no era la deseada y se lo dije: -quiero estar más abierta.  Dime que es lo que quieres, qué quieres que te haga, me dijo. -Que me comas el coño.

-Vamos a la cama. Túmbate. Me abrí para él, pero recordó lo que le había dicho: -¿querías estar más abierta, verdad? Y se fue a buscar la vara de metal con las esposas. Me la puso. -Ahora sí que estás abierta. Me ayudó a colocarme en el centro de la cama, y me esposó a ella. -Hay un espejo en frente, que pena que no puedas verte. Me dijo. – No te preocupes, que me veo en el del techo- Me fascinó verme allí. Tumbada en la cama. Los brazos extendidos hacia arriba, esposada. La vara separaba mucho mis pies, por lo que estaba muy abierta. No me había quitado las botas ni las medias de liguero. Aún tenía el collar de cuero. El pelo suelto que ya con el calor y el sudor, me hacía parecer una auténtica leona.

Eduardo empezó a comerme el coño. Evidentemente no tardé mucho en correrme. Pero Eduardo no paraba… y entre gritos y con la vista del espejo, me corrí otra vez. Cuando se apartó de mi coño, tenía toda la cara mojada de mí. Nos besamos. Me desató de pies y manos.

Le tocaba disfrutar a él. Le comí la polla, le masturbé, lo ayudé a masturbarse, que le gusta hacerlo mientras me mira, mientras le digo cosas sucias, mientras nos decimos cosas sucias. Nos encanta hacerlo mientras nos tocamos, mientras follamos. Nos encanta dejarnos claro que yo soy su puta, y yo se lo hago saber siempre. Y él a mí. Me encanta escucharle gemir, ya se cuando se va a correr, cuándo le estoy volviendo loco, y le obligo a correrse sobre mí. Porque me encanta sentir su semen en mi cuerpo. En mis tetas. Si me apuras, solo con eso me puedo correr otra vez.

¡Qué pasada la mazmorra!

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