Colgada de tí…

Cuando pienso en ti, después de ¿cuántos? ¿20 años? ¿más? Un coctel de sentimientos me invade. La nostalgia, pues apareciste en uno de los mejores momentos de mi vida, los comienzos universitarios, pero también apareciste cuando menos debías, es decir, cuando yo era romántica, soñadora, confiada, vulnerable, ahora me atrevo a decir una niña -antes me hubiera enfadado conmigo por decir eso-, en una palabra: tonta.

Tonta, por pensar nada más verte que el cosmos, o el universo o Dios o quien fuera te había puesto en mi camino para quedarte conmigo, para llevarme contigo, oh! Sí!… porque yo te hubiera seguido al fin del mundo; Tonta por pensar y querer creer que eras el puto príncipe azul de los malditos cuentos de mierda del Disney ese de los cojones; El protagonista de las películas de ciencia ficción¸ esas que el prota viene a buscar a la chica en limusina con una rosa y tal… pero nooooooo, te puso para que supiera lo que era que sentir en cuerpo y alma, lo que era sentirte cerca, sentirte sin saber que estabas, sentirte entre la multitud y quedarme paralizada, darme la vuelta y encontrarte allí y abrazarnos con fuerza; para sentir lo que es que te de vueltas todo: la cabeza, el estómago, el corazón, bueno, el corazón no da vueltas, pero late cual caballo desbocado y también duele y se encoje. Para sentir que mis pies se elevaban del suelo cuando estaba contigo y me llevabas de la mano, porque vaya jeta que tenías…

Aún cierro los ojos y puedo sentir tu mano, tu suave mano. Tus dedos jugando con los míos. Tu rico y maravilloso olor corporal, bueno, y a cierto perfume de YSL…  Puedo recordar tu suave voz, pausada, cómo te acercabas a mí para hablarme, para susurrarme a veces, para derretirme mientras jugabas con mi pelo.

Yo te contaba lo que estudiaba en arte clásico y tu me contabas lo maravilloso que era verlo, porque yo no había salido de mi casa y tu ya te habías visto todo el mapamundi. -Tienes que venir conmigo, decías…

Tú le dabas mil vueltas a todos los niñatos de mi pandilla. Claro, nosotros éramos niñatos, tú eras un tío hecho y derecho. Tú te convertiste en la vara de medir a todos los demás. Así nos fue.

Está la rabia. Rabia por haberte pensado tanto, por haberte idealizado, por haber creído, por haberte deseado tanto, por haber llorado por ti sin merecerlo, por no haber sabido entender que no eras para mí, por no haber sabido entender y comprender lo que ahora es tan fácil de entender, y ahora pienso… ay!!! Si el cosmos, o el universo o Dios te hubiera puesto ahora en mi camino y no hace veinte años… je-je-je.

Está el asombro, aún me sigue asombrando que alguien se pueda quedar eclipsado de otra persona en un instante. Como en las novelas de Jane Austen, que se enamoraban nada más verse… Igual! Bueno, igual no, que aquí la que se enamoraba era la tonta de turno.

Te vi una vez. Y después muchas más. Yo nunca sabía cuando sería. Aparecías, sin más. Eso era lo más maravilloso y lo más desesperante al mismo tiempo. -Te estaba buscando. Me decías. -Siempre que vengo salgo, te busco, pero nunca tengo suerte. Yo flipaba pensando que semejante galán y hombre culto y de mundo saliera a buscarme a mí. Amén Jesús.

Todas las veces que estaba contigo quería besarte y besarte y abrazarte y follarte, bueno… hacer el amor, y todo, todo contigo, pero me gustabas tanto y tanto que me paralizaba, no me atrevía ni a mover un dedo. A mí, que no se me ha puesto nunca nada ni nadie por delante. Yo, que ahora te hubiera matado a polvos la primera vez que te hubiera visto. No era capaz de ver las señales. Que por otra parte… A ver atacado el primer día! ¡Qué pensabas! ¡Qué no iba a querer! ¡Idiota! ¡Si tú eras el “adulto”! En fin…

Tenía que haberte besado el cuello cuando te acercabas a hablarme, haber llevado mi mano a tu polla, para ver si era verdad que me deseabas, pero tu olor y tu voz me paralizaban. Yo solo quería que se congelara el momento. Pringada.

Pero de todas esas noches, hubo una, fría, fría y muy blanca, típica de esa nuestra tierra mística, que por fin le echaste cojones, los que a mí me faltaban, y dejaste de verme como la niña que era, que te miraba embobada, que te escuchaba como si fueras portador de la verdad más absoluta, que me temblaba el cuerpo cuando me cogías la mano.. Y me besaste. Cómo no recordar el “temazo” que sonaba en el garito de turno esa noche… “la gota fría”, de Carlos Vives. Empezamos a bailar, algo que por otra parte tampoco me esperaba… y aún puedo sentir como me empujaste con fuerza hacia a ti y me besaste. Tus labios, como tú eres: dulces, suaves. Tus besos, como los imaginaba: perfectos. Tus caricias mientras me besabas, las mejores.

Doy fe de que en el cielo están esos ángeles con trompeta que veis en los cuadros de las Iglesias… Yo oí esas trompetas -no, no eran las de la canción de Carlos Vives- eran los ángeles tocando I say a Little prayer for you, si anteriormente ya creía flotar… bueno, bueno… ya ni os lo cuento. El suelo se abrió bajo mis pies. Ví caer confeti y pétalos de rosas sobre nosotros, ví a la gente aplaudir como en las películas esas de ciencia ficción, seguía escuchando: You’ll stay in my heart and I will love you.

Y nos fuimos. La situación era la que era. Yo te indiqué donde ir. Era lo que se hacía a principios de los 90. Ir a esos sitios apartados que desde lejos parecían un expositor de coches de segunda mano -con cristales empañados, eso sí-. Lo tendrías que estar flipando. Yo también, pero por otros motivos, obviamente.

Y allí, en tu -por aquel entonces diminuto coche- frente a ti, junto a ti, supe que los nervios dan más frío que la nieve, me sentí virgen sin serlo, sentí que no sabía qué tenía que hacer, sentí que tu tenías que llevar la voz cantante; a pesar de todo, estaba a gusto, deseando que pasara. Ya sin abrigo ni zapatos, y de besarnos lo más apasionadamente que pudimos y supimos, nos pasamos a la parte de atrás. Te sacaste el jersey por la cabeza en un pis-pas, y joder, qué cuerpo tenías…

Me senté sobre ti. Me quitaste la escotada camiseta que llevaba, y te quedaste embobado. Me desabrochaste el sujetador. Me besaste el canalillo. -Tienes unas tetas preciosas. Me dijiste. -Yo volvía a escuchar a los ángeles tocar-. -Son tuyas. Te dije. Y te perdiste en ellas. Te las llevaste a la boca. Las besabas, las lamías, jugabas con mis pezones mientras yo jugaba con tu pelo rizado y te besaba.

Empezaba a notar tu polla dura, y no se de donde saqué coraje para decirte que te quitaras el pantalón. Yo hice lo mismo y me quedé con mi diminuta braga negra, de raso, sencilla. Empezaste a acariciarme por encima de ella, hasta que por fin me metiste los dedos, cosa que deseaba ardientemente. Tras jugar un rato con mi coño, me colocaste, yo temblaba porque pensaba que me ibas a follar -por fin, pero temblaba igualmente, no sabes hasta qué punto lo deseaba- cuando empezaste a besarme el ombligo, empezaste a bajar suavemente, besando, lamiendo, bajando, yo solo podía suspirar y gemir de placer, hasta que llegaste a mi coño. Y es que, he de confesar, que no era virgen, pero sí lo era en algunas cuestiones. Nunca ninguno de los niñatos había hecho eso tan maravilloso. Empezaste a lamerme el coño. ¿Eso se hacía? ¡Madre mía! Empezaste a comértelo. Lo tocabas, lo comías. Yo moría de placer y de todo. Moría de placer porque me estabas comiendo el coño, porque me lo estabas comiendo tú. Un orgasmo contigo.

Tocando el cielo.

Cuando apartaste tu cara de mi coño, yo sentía la necesidad de tocarte, de comerte. Te cogí la polla, ¡por fin! No te lo dije, porque seguro que no me atreví a decírtelo. Pero te lo digo ahora, desde aquí: me gustó tu polla, mucho. Me gustó acariciarla, jugar con ella. Y no sé cómo, me la llevé a la boca. Eso tampoco lo había hecho nunca. Qué sensación tan extraña, pero tan buena. Sabía bien. La tenías bien dura. Recuerdo como si fuera ahora mismo, que no tenía ni puta idea de lo que hacía; Empecé a lamerla con cuidado y me encantó, te oía gemir y eso me daba seguridad. Empecé a chuparla antes de metérmela en la boca, mientras pensaba ¿“me cabrá entera”?  -que quieres, no lo había hecho nunca-. La iba chupando con la lengua y me la metía un poco en la boca, hacía fricción con los labios, jugaba a meterla y sacarla, pero no del todo. Hasta que me cogiste con cuidado la cabeza, y guiaste mis movimientos; Estaba claro, querías que me la metiera hasta el fondo, y lo hice. Ni muerta pensé que me iba a gustar tanto hacerte eso. La devoré como si no hubiera un mañana, que de hecho, no volvió a ver un mañana contigo. Y mientras disfrutaba de tu polla, me avisaste, pero me dio igual, porque yo te quería y quería todo lo tuyo. Llenaste mi boca de ti. Aún me relamo.

Sentí un orgasmo del gusto que me dio comerte la polla.

Nos faltó follar. Bueno, hacer el amor.

Te quise. Te tuve. Me quisiste. Me tuviste. Nos tuvimos. Pero no como queríamos tenernos. Tu me querías a ratos. Yo para siempre. Te olía. No estabas. Mi mirada se perdía buscándote. No estabas. No escuchaba. Te deseaba hasta morir. No podía soportarlo. No quise repetir las otras veces que nos vimos. No quería más recuerdos. No quería enloquecer. Seguía buscándote. Seguía oliéndote. Seguía sintiéndote.  No podía soportarlo.

No nos hemos vuelto a ver, a veces por minutos.

Mi corazón te olvidó hace años. Mi cabeza no. Aún se me pierde la mirada en algún que otro sitio. Pero ya no te siento. Dejé de sentirte hace mucho.

A veces me pregunto como sería follar ahora contigo. Mis tetas te seguirían gustando, eso seguro.

Bueno, también me pregunto como hubiera sido una vida contigo. A ti, te hubiera encantado estar conmigo. Eso seguro.

Si hubieras aparecido ahora, y no hace veinte años, o más, me hubieran bastado los ratos. Te comería la polla hasta ponerte los ojos del revés. Te follaría hasta que me suplicaras parar.

-Me vuelves loco, me decías. Ibas a saber ahora lo que es la locura, querido.