El de azotes y castigo (II)

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Seguíamos los dos en TRAMA, en aquella gran cama. El se bajó y se paró junto a la cama. Me colocó a cuatro patas, o a perrito, a perrita más bien, pues eso es lo que era yo esa noche, su perrita. El espejo de la cama nos quedaba justo en frente, lo cual a mi me encantaba. Podía verle detrás de mí, mirándome el culo, mirándome a la cara a través del espejo.

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El de… azotes y castigo (I)

Decidí no dejar nada en manos del azar y escribí a Eduardo para vernos ese jueves en TRAMA VIP.

Confirmada la cita, me encantó preparar el encuentro. Ya sabéis que me gusta mucho eso de pensar qué ponerme. Mientras elegía la lencería pensaba que tal vez estuviera bien elegir un conjunto que estuviera humildemente inspirado en la estética sado (no tengo nada que realmente vaya en esa línea), esa lencería de triángulos que simplemente están para marcar el contorno de tus pechos y de cintas que dejan entrever y parecen ser el preludio de las cintas de atar, pero mientras descartaba modelitos y dejaba la habitación como el women secret el primer día de rebajas, pensé que sería mejor elegir otra cosa y dejarlo para cuando la ocasión realmente lo mereciera (por así decirlo), que ahora sé que la habrá. Eso sí: ese día ni inspiraciones ni nada. Tendré que ir a comprarme un sado modelito.

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El de… alguien ha despertado mis deseos más ocultos

Volví a TRAMA VIP después de mucho tiempo. Rachel, de La Maleta de Rachel, celebraba allí su cumple. Cuando recibí la invitación no lo dudé. Pasaría a saludarla y a festejar un ratito con ella. Que se lo merece. Y genial, porque así volvía a TRAMA, que me apetecía ver a mis chicas, con permiso del manchego, a mis “Pepi-Luci-Bom”.  

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El de mi fantasía erótica con Carlos en la Cruz de San Andrés

La noche que pasé con Carlos en Trama VIP me dejó mala de deseo los días siguientes. Pero mala, mala. Tanto, que en cuanto tenía un momento de tranquilidad en casa me encantaba recordarlo y sentir como se mojaban mis bragas. Una de esas veces quise revivirlo acariciándome, tocándome. Sin más, sentada en el sofá, recosté mi cabeza, cerré los ojos y, sin quitarme nada, me desabroché el pantalón y metí mi mano, abriéndome paso como podía; no me lo iba a poner fácil desde el principio. Quería sentir la humedad por encima de mis bragas. Con la otra mano desabrochaba mi blusa y por debajo del sujetador pellizqué mis pezones.

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